miércoles, 21 de diciembre de 2016

No he cambiado, doy a cada uno el valor que merece

Intentar complacer a todos los que nos rodean es un error que puede llevar a la infelicidad. Es importante ser uno mismo, mantener la autoestima y priorizar a las personas que realmente nos enriquecen.
“No he cambiado, ha llegado un momento en mi vida en que debo dar a cada persona el valor que realmente merece”. Si en algún instante de tu ciclo vital has llegado a esta misma necesidad, no debes sentirte culpable: priorizar es una forma básica de encontrar el equilibrio, la felicidad.

Las personas, en nuestro afán de complacer a todos y de tratar a quienes nos rodean del mismo modo, no solemos tener la capacidad o la valentía de “dejar de alimentar” ciertos vínculos que, lejos de enriquecernos, nos hacen daño.

Según un estudio llevado a cabo en la Universidad de Claremont, en Estados Unidos, actuar de acuerdo a nuestros valores y sentir confianza en quienes nos rodean es un modo de aumentar nuestra oxitocina y, en esencia, de ser felices.

Se trata, al fin y al cabo, de hacer lo que sentimos y de actuar de acuerdo a nuestro propia escala de valores. “Yo no he cambiado, si ahora te digo que no quiero hacerte este favor es porque va en contra de mis principios”.

Te invitamos a reflexionar sobre estas cuestiones.


Yo no he cambiado, soy fiel a mis valores

La clave de la felicidad no está en acumular riquezas o en tener muchos amigos. No se trata de “acumular gente”, como quien se enorgullece de tener miles de likes en una fotografía en sus redes sociales.

Se trata de “tener personas que valen la pena”, figuras que nos permitan ser nosotros mismos en cada instante sin necesidad de hacer o decir cosas que no sentimos. Ahora bien, sabemos que esto en realidad no es nada fácil de conseguir.

Vivimos en una sociedad regida por las apariencias y la necesidad de “gustar a todos”

No hay que olvidarlo nunca: quien se obsesiona en gustar y complacer a todos los que le rodean lo único que obtiene es infelicidad.

Todos pasamos esas épocas de nuestra vida en las que necesitamos ser reconocidos. Los adolescentes buscan ser aceptados por su grupo de iguales para sentirse integrados. Más tarde, en nuestra época de adultos, muchos buscamos lo mismo para ser queridos por nuestras parejas.

Quien busca ser amado por los demás se olvida de amarse a sí mismo.

Basta con mantener en el día a día un adecuado equilibrio: no hay que ir a malas ni estableciendo límites a cada momento, se trata de saber convivir con respeto, tanto para uno mismo como para los demás.

Si en tus entornos más cercanos sientes siempre la necesidad de aparentar cosas que no eres o no sientes, tal vez sea el momento de cambiar de escenarios. Esta situación mantenida en el tiempo puede suponernos una crisis de identidad y autoestima.

No voy a dejar que nadie me cambie: me gusto tal y como soy

Llegar hasta donde te encuentras ahora te ha costado muchos esfuerzos, renuncias y gratos descubrimientos. Nuestra personalidad tiene un pequeño componente genético, una gran parte de nuestras experiencias y la valoración que hagamos de ellas.

Es un largo camino donde cada aspecto cuenta y donde, ante todo, hemos adquirido un sistema de valores, creencias y actitudes a las que no deberíamos renunciar por nada o por nadie. De hacerlo dejaríamos de ser nosotros mismos.

Es posible que inicies una relación de pareja y, que en un momento dado, descubras que no te conviene, que no eres feliz. Lo más probable es que la otra persona te diga “que has cambiado” de un día para otro y que lo que antes te gustaba ahora te desagrada.

No te dejes influir por esta serie de comentarios. En realidad, nadie cambia de un día para otro, lo que ocurre es que los demás no se han preocupado en conocernos de verdad.

Lo más importante es mantener nuestra autoestima, nuestro autoconcepto y nuestro sistema de valores. Ser pareja, así como convivir con los demás, nos obliga en muchos casos a ceder en determinadas cosas. No obstante, esa “cesión” debe verse como parte de un intercambio donde todos ganan y nadie pierde.

Para ser pareja, ser madre, hijo, hermano o amiga hay que saber escuchar y establecer siempre una adecuada reciprocidad.

No hace falta coincidir en todo, no es preciso compartir las mismas aficiones, gustos o deseos, lo esencial es tener una misma escala de valores.

Nunca cambies aspectos de tu personalidad o de tu intereses para agradar a los demás o para no defraudarles. Ser como los demás esperan que seamos es una disonancia personal que solo trae la infelicidad.

Ten en cuenta que para no ceder, para no dejarnos controlar por los demás, es necesario conocernos a nosotros mismos. Recuerda siempre cuáles son tus límites y hasta donde eres capaz de llegar sin que tu autoestima se vea vulnerada. Vale la pena tenerlo en cuenta.

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